Aunque estemos a finalísimos de mes y parezca que los Reyes Magos quedan ya muy lejos, no voy a privarme de la tradición de escribir la entrada de enero hablando de los regalitos de navidad y reyes, que son una de las dos ocasiones al año que aprovecho para completar cosas que mis chicos necesitan o que se les antojan. (La otra ocasión es mi cumpleaños, y dado que soy, como Bran Stark, niña del verano, los dos momentos están mú bien distribuidos a lo largo del año XD).
Estos reyes han intentado ser un poco low cost, puesto que se supone que estoy ahorrando para las exigencias de la vida de adulta responsable, y de cosas BJD-related solo me he pedido dos elementos imprescindibles: ojos de cristal para Miklós y peluca decente para Licht. Las dos cosas les estaban haciendo falta desde hacía mucho tiempo.
Lo bueno de los ojos es que son muy baratitos y ya estoy pensando en pedir otros iguales pero del siguiente tamaño más grande, porque no me gusta el efecto que le hacen. Y para muestra, un retrato:
FAIIIIIILLLLLL
Me gustan los ojos grandes y oscuros en los muñecos, porque les hacen más jóvenes, más dulces, ese efecto de ojazos de ciervo. Entonces, ¿por qué no me funciona con Miklós? Quiero mucho a Miklós, es, aunque esté mal que yo lo diga, un personaje que me gusta mucho, ese niño cantor alegre y extrovertido, infantil pero no demasiado, dulce pero no tímido; y precisamente por ello, la frustración de que el muñeco no consiga transmitir todo eso es muy grande. Le cambié el maquillaje a finales del año pasado, para que no tuviera ese aspecto tan serio y melancólico, pero aunque le redibujé las cejas por completo y procuré hacerle sonreír por todos los medios, sigue estando muy serio. El mundo está lleno de Kuns sonrientes, ¿por qué no consigo que Miklós sonría? ¿Tienes algún problema que me estés ocultando, Miki-kun?
Por otro lado, la peluca ME ENCANTA. Recuerdo que abrí el paquete clandestinamente antes del día de reyes para asegurarme de que el pedido había llegado bien, no fuera a tener que reclamar y se me pasara el plazo, y pensé: perfecta. Por su parte, cuando mi madre la vio el día de Reyes, preguntó: "¿Y a quién le vas a poner una peluca tan clásica?". Claro, no le pegaba un estilo así en un tipo de muñeco tan "moderno" como los BJDs. Pero los BJDs se prestan a todos los estilos, y en concreto Licht es un clasicazo y aspira a parecerse cada vez más a un ángel de postal victoriana o a una figura de porcelana biscuit.
Licht nunca se pondría unos vaqueros XD
Y estos han sido mis Reyes, un poco austeros, pero ni tan mal. Por otro lado llegaron Barriguitas (vintage nostalgiaaaaa), Barbies y otras cosillas y me dejaron feliz y preparada para empezar otro año. ¡Espero que a vosotras también! :)
Estas fiestas y este fin de año están siendo muy tensas para mí, por movidas personales e inmobiliarias *cough*hipoteca*cough*, y creo poder afirmar que estoy disfrutando de las vacaciones menos vacacionales que he tenido nunca. Aun así, quiero dar gracias.
Tengo suerte de haber pasado esta última etapa de mi vida con trabajo y relativa tranquilidad y de haber podido dedicar así a este hobby, a esta belleza, una parte de mi tiempo, de mi energía y de mis recursos, también económicos. Tengo que dar gracias a la vida, al destino, a la providencia o al azar por haber podido descubrir esto y sumergirme en ello.
Ahora que seguramente estoy al inicio de una nueva etapa en la que mis responsabilidades económicas serán más grandes y no podré permitirme caprichitos de cientos de euros, reconozco que he tenido mucha suerte de haber tenido la oportunidad de reunir una colección de muñecos-personajes que abarca más o menos lo que yo quería. Está bien darse cuenta de que tener una de estas creaciones en casa es tener un producto de lujo, exquisitamente diseñado y creado. Y eso es bueno. Porque de vez en cuando conviene recordar que, como seres humanos, merecemos belleza y ocio creativo, merecemos tener cosas bonitas y de calidad en nuestras vidas. (La castaña de esto es que parece que solo el privilegio socioeconómico te abre esa posibilidad. Personalmente me considero dentro de la clase media-media-baja y aún así soy consciente de que disfruto de -como diría mi feminista radical de cabecera- a shit-ton of privilege).
En cualquier caso, estoy muy contenta y agradecida de haber podido rodearme de mis pequeños, que son una parte no insignificante de mi vida y que me traen mucha alegría e inspiración. Seguramente la familia ya no va a aumentar más, y no pasa nada porque no necesito más y tengo mucho que trabajar en los que ya están aquí.
Y para ilustrar esta entrada tan rematadamente lírica, he hecho la foto más fea del mundo, pero me lo perdono a mí misma porque con el ritmo de mes que llevo ya es bastante haber podido hacerla. Pillé por banda a los chicos que tenía a mano y, tal como estaban, sin cambiarles de ropa ni tocarles ni un pelo, los puse en el alféizar de la ventana y los retraté con un contraluz brutal - juro que saqué el cartón-blanco-que-me-hace-de-reflector y lo usé, pero no sirvió de mucho. Resultado, una foto de familia parcial, porque faltan Licht y Daniele -no tienen cuerpos propios-, y horriblemente editada y fea. Ni siquiera he conseguido que Kiyoaki mire a cámara. (A pesar de ello, y sin haberlo buscado yo deliberadamente, se le ve que es el centro de la familia).
En fin, estos son mis muñecos y estoy muy agradecida de tenerlos conmigo. Siempre hay por qué dar las gracias cuando se hacen las cuentas.
Que tengáis un buen fin de año y un comienzo lleno de inspiración y cosas buenas.
Y con esto llevo DOS AÑOS cumpliendo el ritmo de escribir una entrada al mes. VIVA YO :D
¡Dejad paso, que aquí llego! ¡Al filo del cambio de mes, como siempre! Pero todavía es septiembre y por tanto todavía llego a tiempo para la foto obligatoria de septiembre de cada año: la foto de la vuelta al cole. Qué poco mola la vuelta al cole cuando te afecta a ti directamente y sin embargo cómo la idealizamos y qué divertida parece cuando solo es una excusa para jugar con tus muñecos-niños. Qué paradoja. Anyway: en septiembre del año pasado me propuse que el siguiente back to school incluiría más muñecos y más mochilas; he cumplido lo primero pero no lo segundo. Se me ha complicado el mes y no he tenido tiempo de fabricar mochilitas, y eso que me apetecía mucho probar este tutorial que parece prometer un resultado muy mono.
Para esta foto me permití imaginar que los tres jovencitos van al mismo cole (en sus historias canónicas esto no es así), y como naturalmente no tengo tres uniformes iguales, me ha tocado hacer apaños y montaje.
Daniele es el que va mejor vestido y más completito, y Miklós es el que va más tirao porque su familia tiene menos dinero que la de Daniele, pero también porque cuando hay presupuesto prefiere gastarlo en otras cosas XD Así que me hace gracia verlos tan in character.
Pensando en esta sesión recordé un apunte de mi antiguo cuaderno de planear muñecos en el que, hace AÑOS, escribí: "Imagínatelos a los tres con sus pantaloncitos cortos y calcetines hasta la rodilla, qué monooooos". Y hete aquí que tras trece años de hobby todavía no puedo equipar a tres muñecos a la vez con ese estilismo >.< Para ello me faltan más calcetines (fáciles de hacer) y otro par de pantalones (difíciles de hacer). Pero algún día haré la foto de los tres tal como los imaginaba *aquí emoji del brazo musculoso que denota esfuerzo*.
MIKLÓS: Leí en una entrevista a Plácido Domingo que madrugar es malísimo para la voz.
MIKLÓS: Jo, qué sueño >.<
KIYOAKI: Hala, hala.
DANIELE: Yum.
Miklós no es una persona matutina. Sale a mí. (Lo de la entrevista es verdad, aunque no recuerdo bien si era Plácido Domingo o Alfredo Kraus).
Los mini-croissants me los compró un amigo con todo su amor pensando que a Miklós le encantarían, así me lo dijo. Son nubes (o marshmallows, o como se diga en vuestra zona), y lo malo es que ahora me queda medio kilo y me los estoy comiendo sin darme cuenta. Ponga usted un extra de pura azúcar refinada en su vida, claro que sí.
En fin, pasando a otro tema, ya es marzo (de hecho es casi abril) y no quiero que avance más el año sin anotar algunas cosas que todavía necesito con urgencia para poder jugar a gusto con los pequeños. O sea, lo que vendría siendo una wishlist de lo que queremos para ayer:
-Ojos de cristal para Miklós, porque con los acrílicos me parece que no tiene nada de vida y no consigo que me mire directamente. A mí es que me gusta que mis muñecos me miren a los ojos, si no es que me están ocultando algo XD Después de darle muchas vueltas me he resignado a que tenga ojos marrones y ya está. (Pero los llamaré siempre "ojos castaños", que suena más elegante :P).
-Peluca de verdad para Licht. "De verdad" quiere decir que no sea un experimento casero ni se parezca en densidad y textura a un roedor muerto como la que tiene ahora.
-Peluca para Daniele. Me gustaría algo tipo fur que le dé un rollo más moderno, en vez de este aspecto de angelito victoriano que me lleva.
Las dos primeras cosas, que son las más urgentes, creo que las voy a pedir en abril a Bravot y a ver qué pasa. Bravot es un fabricante francés conocido sobre todo por sus pelucas para reproducciones de muñecas antiguas, así que los estilos que ofrece tienden a ser más bien rancios, pero tienen una que creo que puede ser bastante perfecta para Licht, quien por su parte está muy orgulloso de su estilo pasado de moda (él sí que aspira a parecerse a un ángel de postal victoriana). Y allí mismo tienen una mínima selección de ojos de cristal básicos que a lo mejor le van bien a Miki y a lo mejor no, pero son baratos y ya sabemos que comprar ojos sin verlos en mano es una lotería. Si no salen bien para Miklós, quizá le valgan al faunito, que no sé qué ojos ponerle. Y muy importante: Bravot está en Francia y por tanto no hay riesgo de aduanas :D
La idea de comprar un complemento de muñecos al mes, se entiende que de precio moderado, creo que está bien y voy a procurar seguir con ella. El cupo de marzo lo consumí a primeros de mes con un vestido primaveral para mí y este set de muebles de Ikea para Robin, mi Pure Neemo Yuuta. Le está un poco pequeño, pero la cama le vale y es todo tan monoooo (y tenía descuento para socios este mes). ¿Os he dicho ya qué maravillada estoy con el Pure Neemo? Es tan pequeño y tan portátil, no pesa un quintal, y ahora no hago más que pensar en lo guay que sería que los BJDs también tuvieran diecisiete pares de manos diferentes, con la expresividad que da eso a las fotos... T.T
Si no sufro ningún sobresalto económico, espero comprar peluca y ojos y que lleguen a tiempo para poder enseñarlos en la entrada de abril. Y mientras tanto, en este hemisferio empieza a haber flores y eso, así que ¡feliz primavera!
Cuando Volks sacó el pasado febrero a Rigel y Michele versión In Boys' Dormitory (me encantan las imágenes mentales que suscita ese nombre XD), alguien dijo en Den of Angels: vaya, esto significa que se van a poner a vender trajes de marinerito llenos de puntillas para SD10 y SD13 y que eso será todo lo que nos ofrezca Volks en términos de ropa para chico durante una temporada. La chica que decía esto no lo decía con alegría ni con amor porque sus muñecos prefieren el cuero negro, pero a mí me hizo mucha ilusión pensar en aquello y esperé que tuviera razón.
Pero no. ERROR. FALSO.
¿Dónde están los marineritos T.T? Quiero vestir a mis niños igual que vestía a Tadzio su madre, con ropas maravillosamente elaboradas, llenas de "bordados, puntillas y realces", como escribió Thomas Mann (que obviamente también admiraba este tipo de cosas). ¿Por qué los fabricantes dan por supuesto que los únicos tamaños que el público desea vestir de marinero romántico son los minis y los tinies? ¿Cómo van Michele y Rigel a cambiarse de ropa cuando se les ensucie el uniforme? ¿¿Dónde están los marineritos?? ¡Quiero marineritos!
Mientras encuentro más marinerismo a mi gusto, he hecho lo que he podido combinando prendas para mis cuatro chicos grandes, y así, Daniele lleva los mismos pantalones que Miki (y el mismo cuerpo) y Licht la misma camisa que Kiyoaki (y el mismo cuerpo a su vez). ¡Qué ganas tenía de hacer esta sesión! Llego justo a tiempo de subirla para la entrada de julio.
Miklós (Volks Kun), Kiyoaki (Volks Ryo en cuerpo Dollndoll King), Licht (Volks Ken), Daniele (Volks Nana)
Me doy cuenta de que parece que me haya convertido en una Volks elitist. Pero no es eso exactamente. Es que gravito hacia Volks por pura nostalgia, porque esas caras redonditas me recuerdan los primeros tiempos, cuando era joven y descubrí lo más parecido a Los Muñecos Perfectos T.T A propósito, ¿cuánto hace que tengo mi primer muñeco? DOCE años. Qué jóvenes éramos cuando éramos jóvenes.
Y a todo esto no he hecho una presentación decente (ni decente ni de ninguna otra clase) de Licht versión 2.0. Ya hace un año que lo tengo, lo compré el verano pasado. Claro que tampoco la hice de su primera versión >.<
Király, o sea "rey" en húngaro, es el apellido de Mikós, a pesar de que él no va de majestuoso por la vida y lo único que quiere es seguir aprendiendo música y cantar cada vez mejor. No sé por qué elegí ese apellido, supongo que simplemente porque me gustaba el sonido (kíral es como viene a sonar, creo).
Miklós fue mi segundo muñeco y se desarrolló, o digamos que se está desarrollando, de manera muy distinta al primogénito. A diferencia de Kiyoaki, que enseguida encontró su aspecto definitivo y luego se fue dejando conocer poco a poco, Miklós estuvo muy claro como personaje desde el principio pero he tardado mucho en descubrir de qué color tiene los ojos y el pelo, pobre niño. Quise ojos de color turquesa para él, ha sido rubio, hasta pelirrojo, quise que mi niño cantor fuera bello con esos colores que en el canon occidental subrayan la belleza, pero al final resulta que es una criatura a quien eso le da igual y su belleza no llama la atención, porque tiene ojos castaños y pelo castaño y no ningún matiz extraordinario como yo creí que tendría.
Dicho de otra manera: los muñecos desafían nuestras expectativas, y después de todo, estos son los ojos que le sientan bien y este es el pelo que le sienta bien, quién lo iba a decir. Lleva ojos de 20 mm., los default de SD Megu (acrílicos, espero cambiárselos por cristal pronto), porque los ojos grandes y oscuros suelen hacer una mirada más dulce, y aunque he probado con otros colores, y con 18 mm -¿creo que incluso con 16?-, y he querido convencerme de que ese era el tamaño correcto, nunca acababa de parecerme él. También ha llevado cortes de pelo que se parecían más a la imagen que yo tenía del personaje y que luego resultó que no le favorecían nada.
Sí pero... no
Así que últimamente, después de dar tantas vueltas, el joven rey ha vuelto a algo semejante a sus orígenes y se parece a quien era las primeras veces que lo fotografié, aunque con elementos distintos porque sus primeros ojos castaños han ido cambiando de color con el tiempo (en la actualidad son ni más ni menos que morados O_o) y su pelo era la peluca default de Ryo y era una de esas tan encrespadas que, literalmente, pinchaba.
2007 -> anteayer XD
Quiero cambiarle el maquillaje cuando tenga más tiempo, y de momento retocárselo un poco; quiero que sonría, darle un poco más de color, un poco de rubor en la nariz, al estilo de lo que está haciendo Volks ahora con sus limitados. Pero estoy contenta de haberme convencido por fin de que no necesita ojos del color del hielo para ser nuestro pequeño rey. (Hasta que vuelva a cambiar de opinión, claro, que por eso los muñecos
nunca están completos: porque nuestros gustos evolucionan y vuelta a
empezar >.< ).
Después del solsticio de invierno, los días crecen. Al final estas fiestas son fiestas de la luz, de lo que hablan es de eso: de la esperanza en mitad del invierno, de volver hacia la luz. O como dijo una niña que conozco: "Mamá, todo tiene que ser brillante en Navidad". Feliz nuevo comienzo. Felices fiestas.
... Y con esto he llegado a la última entrada del año. Casi he cumplido el propósito de 2015 de subir una entrada al mes. Bueno, empecé a ponerlo en práctica en abril XD Pero lo he cumplido más o menos y estoy bastante orgullosa, porque creía que no sería capaz.
Pues para la entrada de este mes he montado una fotohistoria. Yo tampoco puedo creerlo. Madre mía, qué tiempos, cuando hacía fotohistorias. Debe de hacer años de la última.
Advertencias previas: no es de Halloween XD Y Miklós habla en marrón, Daniele en verde (los colores de sus ojos ^^).
-... *pensando en las musarañas*
-¿Me ayudas con esto?
-Claro. ¿Qué es?
-Una canción. Ogni pena più spietata. Es de... ¿Puccini?
-Ah, ya sé cuál es. Es de Pergolesi.
-Es barroco, no lo cantes como si fuera bel canto. Métele un tempo un poco rápido y no te pases con las dinámicas. Por lo demás, como siempre: primero canta lo que está escrito y luego en el da capo le pones los adornos que te parezca...
- *O_o* ¿Cuánto tiempo llevas estudiando música?
- ¿? Pues supongo que ocho o nueve años.
- Pero si solo tienes doce.
-Es que no me acuerdo de cuando no la estudiaba...
-Claro. Por eso sabes tanto. Yo solo llevo tres años. Qué caca.
-Bueno, eso es la tercera parte de tu vida. Visto así no está tan mal, ¿no?
-Visto así...
-¿Cantamos el aria juntos?
- OK ^-^
* * *
Y ya. Qué frikada XD Quiero decir que con tanto barroco es un poco de nicho, no es un interés superuniversal, por no hablar de que no tiene argumento. Pero me hace gracia verlos estudiando sus cosas.
... Yyyy UN AÑO MÁS es Halloween y NO le he hecho un gorro de brujo a Kiyoaki, que se lo debo desde el principio de los tiempos T.T Podría comprarlo, pero las miniaturas que encuentro por ahí, en sitios tipo Claire's que los venden como complementos para humanos (jaja), me parecen caros, e intento minimizar mis compras en bazares chinos. Procuraré compensarle con unas fotos otoñales el mes que viene.
Patrón monísimo de un mini-gorro de bruja de crochet tamaño Barbie que encontré el otro día:
¿No os morís de amor cuando los muñecos parecen dormir de verdad? XD Normalmente duermo cerca de un oso de peluche estupendo, pero el otro día estaba tan triste que abracé a Miklós para que me hiciera compañía y nos quedamos dormidos juntitos, y así me lo encontré por la mañana <3
Ninguno de mis muñecos tiene pijama, ahora que lo pienso, y no tengo mucha excusa porque me encantan los pijamas y hay un patrón gratuito en UndeadThreads desde hace cienes de años. Perezosa >.<
Pues se supone que Miklós y yo estamos preparando una entrada sobre las ventajas del uniforme escolar, a ver si animamos a los chicos del internado de Kat y Audrey para que se lo pongan XD Pero cuando llegan las once de la noche, que es la hora a la que yo puedo sumergirme en el ocio digital, Miki ya está pensando en irse a la cama.
Además, la vida real se ha interpuesto para retrasar aún más el Post de los Uniformes, y ahora mismo debería estar escribiendo un trabajo que NO-SE-ACABA-NUNCA >.< Pero yo no he venido aquí a hablar de la vida real, que para eso ya está... el mundo real, supongo. Yo he venido a actualizar esto, que si no entre unas cosas y otras no encuentro el momento. He de anotar dos cosas para poner mis registros al día:
1) Al final encargué para el faunito un cuerpo de Dollzone a través de Angelesque, a ver si el pobre puede nacer de una vez, animalico. Gracias otra vez a todas las que habéis comentado en los últimos posts y estáis ahí apoyándome en este difícil parto XD
2) Novedades inesperadas en la población de nuestro hogar :D Próximamente, sorpresa. (Y cuando digo "próximamente" quiero decir cuando entregue el trabajo que no soy capaz de acabar. Argh.)
Este fin de semana los han traído a un festival en una ciudad de nombre impronunciable, en algún sitio al oeste de Budapest. O al este. O da igual. Aprovechando la relativa cercanía de la frontera austrohúngara, han venido en autobús, y así Licht ha tenido tiempo durante las cuatro horas de viaje de enterarse de que los húngaros son gente muy rara: no hay manera de entender un solo lexema de su infernal idioma no-indoeuropeo, se presentan con el apellido primero y el nombre de pila después y se pasaron el último siglo liderando las estadísticas de suicidio del continente. Este dato en particular le ha parecido que hacía juego con su estado de ánimo.
-Esmeraos con el inglés para el festival –les dijo el viernes el profesor de inglés, por décima vez.
A Licht no le impresionó, porque habla inglés desde los tres años y porque esa misma mañana el profesor de francés ya había dicho: -Esmeraos con el francés de cara al festival.
Pero Licht también habla francés desde los tres años.
Está de muy mal humor. Sus compañeros de clase comenzaron hace rato a guardar las videoconsolas para blandir en su lugar una amplia variedad de cámaras fotográficas y ahora se pierden en medio de una nube de clics delante del cartel de dimensiones obscenas que amablemente indica: “Festival Internacional de Coros Infantiles”, en inglés, francés y, gracias a Dios, en una tercera lengua que Licht no habla y que lógicamente debe de ser húngaro. Mientras los niños cantores fotografían el cartel, los pilares neoclásicos y el artesonado del teatro, la gente los mira y les hace fotos a ellos. Los Niños Cantores de Viena son el mejor coro infantil del mundo y una atracción turística por derecho propio.
Alguien pide: poneos en grupo que os haga una foto.
En inglés, naturalmente.
Los angelicales Niños Cantores se disponen a obedecer, cesando en sus reportajes gráficos y sonriendo tan abiertamente que es difícil creer que no son felices. Licht procura retirarse discretamente a un rincón del vestíbulo, pero es interceptado: el turista angloparlante lo toma del brazo entre exclamaciones de You too! Licht, que no puede creerse que un perfecto desconocido lo trate con esa familiaridad, lo mira con ojos como dagas y murmura una cortés negativa. En alemán.
Da igual cuánto tiempo pase en el mundo real, es incapaz de acostumbrarse a la grosería, a las formas bruscas. Da igual haber asistido a decenas de Festivales Internacionales de Coros Infantiles, no puede soportar la sonrisa arrobada de la gente que devora con los ojos a los mundialmente célebres chicos vieneses vestidos de marineritos.
Licht está hoy de muy mal humor.
No encontrar a Daniele entre la pequeña multitud que llena el vestíbulo no contribuye a iluminar su día. Acomodan al mejor coro infantil del mundo en un par de filas del patio de butacas.
-¡Relajaos y disfrutad! –aconseja alegremente el director Zimmermann–. Nosotros no cantamos hasta la segunda parte.
Licht dedica sus mejores esfuerzos a tratar de seguir la recomendación. Hay buenos coros, hay armonías audaces, hay espléndidos arreglos. Un director hace aspavientos espectaculares, como si pretendiera tomar la música misma en sus brazos y lanzársela a sus cantores, y los chicos que están sentados junto a Licht se retuercen de risa. Pero él no consigue entrar, ningún acorde lo toma entre sus brazos alados para elevarlo por los aires. A medida que transcurre el programa, además, empieza a ponerse nervioso. Querido abuelo...
Sabe que nunca escribirá esa carta. Al menos habría estado bien que el abuelo hubiera estado aquí para verle cantar, incluso para saludar a Daniele y a los Allegret... Pero el director del coro –de su coro– se pone en pie en este momento, para que todos los chicos puedan oírle, y Licht primero se sobresalta y después comprende que ni ese sobresalto ni el dolor ni la nostalgia que ahora se dispersan con un revoloteo, dejando tras de sí la rabia sorda de siempre, van a servirle de excusa. Así que hace lo que tiene que hacer y se levanta de su asiento y ocupa su lugar en la ordenada fila de uniformes de color azul, y procura ignorar el inconfundible tono de paternalismo a la expectativa con que el público, en cualquier teatro de cualquier festival, saluda siempre a los Niños Cantores de Viena. -Muy bien, muchachos, nuestro turno. Los tiples, acordaos del silencio de tres tiempos en el octavo compás. ¡Tres tiempos! Vamos allá.
Y cantan. Cuando la música ha empezado, ya no puede detenerse: no hay sino seguirla o callar. En su puesto, sumergido en la vibración oscura, metálica, de la cuerda de los altos, Licht vive incluso un breve momento de exaltación: funciona. No funciona gracias a él ni a su voz mediocre, pero funciona. Al fin y al cabo, son el mejor coro infantil del mundo. Aplausos.
Ya está, se repite a sí mismo para tranquilizarse. Ya pasó. De vuelta a su butaca, sentado y arropado por sus compañeros, que se felicitan mutuamente, arrebolados de legítimo orgullo –son buenos chicos, no son ellos el problema-, Licht ya no está nervioso. Ahora está triste. Y sigue de muy mal humor.
Niños de una escolanía española. Qué raro debe de ser vivir con sacerdotes católicos, piensa, sin atreverse a explorar más allá las oscuras implicaciones de ese exotismo. Un coro sólo de chicas, de Bulgaria. Esto es interesante, esas líneas melódicas sin vibrato, esos contrapuntos. ¡Oh!, el colegio de Daniele. Sí que han venido, después de todo.
El coro de Daniele no es malo, pero lo que le da su brillo son los solistas. Daniele es el más pequeño de los dos, y el más guapo. Su control del volumen es asombroso en un crío tan joven. Su solo es un Agnus Dei de composición reciente, y Licht, que por principio detesta la música contemporánea, se ve transportado por la transparencia del timbre del niño, hasta encontrarse repitiendo en silencio la súplica: qui tollis peccata mundi, dona nobis pacem... pacem... En realidad a Dios le da lo mismo si crees en Él o no. Una plegaria así tiene que recibirla, ¿verdad? Tienes que admitirla, porque a quién más podemos dirigirnos: danos la paz...
Terminan con un dúo de los dos solistas. Es embriagador: el público los adora. De repente, mientras lo mira sonreír e inclinarse en una reverencia, Licht siente muchas ganas de abrazarlo: un bálsamo para la tensión de este día. Es como si Daniele procediera de su vida anterior, la de antes del internado y el abuelo y los Niños de Viena, la de antes de la orfandad. Llega de esa otra vida trayéndole consuelo, aunque él mismo no lo sabe.
Una actuación más, y hasta mañana. En cuanto acabe, intentará reunirse con Daniele enseguida. Son húngaros, de hecho: el único coro húngaro que ha cantado hoy en este festival de Hungría. Licht espera escuchar algo de los ritmos de la música tradicional magiar, pero lo que cantan es un aria de ópera barroca. Arreglada para coro, suena sorprendentemente bien. La sección central del aria es un tempo moderato cantado por un solista.
El teatro contiene la respiración. Los Niños Cantores de Viena apagan la PSP y vuelven a prestar atención al escenario. El solista húngaro tiene la voz más bella que ha sonado en el teatro en todo el día. Es un soprano purísimo, y sin embargo, a diferencia de las voces de los solistas vieneses, es inconfundiblemente la voz de un muchacho. No suena como una mujer en miniatura, no suena como un contratenor, ni siquiera suena como un ángel. Suena como lo que es, un muchachito, con el pelo castaño y los ojos cerrados en la música. Canta las palabras del libreto de Haendel. Los agudos son impecables; las notas graves conmueven el corazón. Y canta:
Se l'inganno è il mio solo alimento, come viver io posso nel vero?
Y vuelve a perderse en el coro, como una gota de agua en el agua. Pero cuando la gente rompe a aplaudir, sólo le aplauden a él. Los organizadores del festival se despiden, emplazan al público y a los jóvenes participantes para el día siguiente. Apenas se les oye entre los aplausos. Los chicos húngaros bajan las escaleras del escenario a saltos, abrazándose entre sí, dejándose abrazar por su director, radiantes. En el vestíbulo, Daniele le ve a él primero y corre a su lado. -Licht! Ça va? C’est super de te trouver ici!
Daniele siempre besa a todo el mundo en la mejilla. A la gente que le acaban de presentar les da dos besos; a la gente en la que confía, sólo uno. Licht recibe el único beso de su primo y sonríe. Aspirando el olor de su pelo, se siente mucho mejor.
-Et ton grand-père, est-il bien? Viens, mon papa et ma maman sont là dans le hall...
Lo último que necesita Licht es ir a ver a los padres de Daniele, precisamente hoy, precisamente ahora. Cloe Allegret es encantadora, una verdadera dama. El señor Allegret es un caballero alto, prematuramente cano, de imponente aspecto. Son ricos, son afables, hablan sin levantar la voz, siempre lo han tratado como a una persona en lugar de como a un niño. Pero Licht busca con desesperación una manera de evitar el encuentro sin faltar a la cortesía. Y la manera aparece, un golpe de suerte en este día aciago. Tiene, como ya vio desde el patio de butacas, cabellos castaños; pecas en la nariz, ojos tan limpios como su voz. Sonríe luminosamente.
-Hola –dice, dirigiéndose a Daniele–. Has cantado muy bien, quería decírtelo –habla un inglés un poco vacilante, con fuerte acento, pero perfectamente eficaz; la voz es exquisita, con tonos más graves de lo que se pensaría al oírle cantar, como arena que se arrastra por el fondo del cristal–. Hola –añade, volviéndose a Licht-. Enhorabuena a vosotros también, siempre es un honor compartir escenario con los Wiener Sängerknaben –lo dice así, en alemán.
-Muchísimas gracias –dice Licht automáticamente, en lo que es una pura reacción pauloviana.
-Creo que nunca había oído a tu coro –continúa el chico, dirigiéndose a Daniele de nuevo–. ¿Tenéis discos grabados o algo?
Licht parpadea como si pudiera con ello apartar la perplejidad. Este niño húngaro podría ser una estrella. Debería estar portándose como una estrella. ¿De dónde sale? ¿De dónde saca ese aplomo que le permite decirle hola a cualquier desconocido que le interese y entablar una conversación? Licht tiene la vaga sensación de que debería juzgarle vulgar y descortés, que, al fin y al cabo, es como juzga a casi todo el mundo. Pero este chico no es vulgar. Tampoco tiene nada de brusco ni de desagradable. Simplemente, no le parece que tenga que disculparse por estar en el mundo. Licht se sorprende envidiando la naturalidad con la que este joven soprano –es mayor que Daniele, debe de tener un par de años menos que el propio Licht– puede acercarse a las cosas, desplegar su encanto y...
Y Étienne Allegret le pone una mano en el hombro.
-Qué alegría verte, Licht –oye su voz, que después de todas estas voces blancas parece fuera de lugar, y se ruboriza.
-Licht, cariño –qué diferente es una voz de mujer de una voz de hombre. Cloe lo abraza. Licht refugia en sus brazos, por un momento, el cansancio del día, su perplejidad, su confusión.
-Yo también me alegro mucho de veros –dice, y ya no sabe si es verdad o no. Cloe le sonríe – le recuerda tanto a su madre. Étienne, que gracias a los dioses le ha soltado el hombro, le estrecha la mano, porque los hombres no se abrazan. Licht procura no mirarlo de frente. Pero la mano es grande y fuerte, su apretón es firme, y no hay nada que hacer, ha perdido la poca serenidad que tenía.
El chico húngaro saluda a los padres de Daniele con la misma timidez con la que se acercó al propio Daniele. Es como si adultos y niños fueran lo mismo para él, ni más ni menos que sus iguales. Se presenta (“Király Miklós, del conservatorio de Szent Cecília, encantado”), y Licht se da cuenta de que hasta ahora no había dicho su nombre. Los Allegret le cubren de elogios por su solo. Él recibe los cumplidos, los agradece gentilmente. Es encantador; se ve que Cloe lo considera así por la manera en que lo mira. Licht siente celos y sobre todo, otra vez, envidia: porque está viendo una manera de tratar con la gente mucho más sencilla que la que le han enseñado a él, menos austera, menos opresiva; porque este chico canta fabulosamente bien, y él no, y puede ser cortés y respetuoso sin rigideces, y él no, y sonríe porque está feliz, y él no, y puede mirar a Étienne Allegret a los ojos, y él no... Diez minutos después la envidia ha aumentado al comprobar que el muchachito en cuestión, que en efecto es más joven que él –aunque solo un año– y en principio más desafortunado que él -“vivo en Szent Cecília porque no tengo padres”, ha dicho con toda sencillez-, sabe mucho más de música que él (“bueno, no era de una ópera, en realidad solo era un oratorio, pero claro, como la ópera estaba prohibida en Roma en ese momento los oratorios se montaban a lo grande… No, el libreto no es de Haendel, es del Cardenal Pamphilj, cuando Haendel compuso esto tenía poco más de veinte años, veintidós, me parece, y acababa de llegar a Italia, no creo que supiera tanto italiano…”) y, lo peor de todo, definitivamente parece mucho, mucho, muchísimo más feliz que él.
Al cabo de estos diez minutos de entusiasta conversación sobre Haendel, en la que el único que no ha dicho nada es Licht, el joven Miklós levanta la cabeza como un corzo al identificar, de entre las voces que se mezclan en el vestíbulo, una orden dirigida a él en la ininteligible lengua que le es propia. “Os veo mañana, ¿verdad?”, dice, dirigiéndose a todos en general, a los adultos ricos y hermosos, que deberían intimidarle y que no le intimidan, y a Licht, con quien no ha cambiado más palabras que su cumplido acerca del coro vienés, y a Daniele, que responde a su sonrisa con otra sonrisa radiante y agita la mano alegremente, como el niño adorable que es, y Miklós se despide con el mismo gesto y desaparece.
-Hasta mañana –dice Licht (aunque sabe que ya no va a ser oído). Ahora tendrá que pedir permiso al profesor Zimmermann para pasar el resto del día con los Allegret, aunque de hecho preferiría pedir permiso para que fuera Daniele quien viniera a pasar el resto del día con él; pero noblesse oblige, como dice siempre el abuelo, así que comerá con Étienne y con Cloe y hablará con ellos y no sólo con su hijo, será cortés (lo es siempre) y hará lo que esperan de él (lo hace siempre), y no se permitirá a sí mismo perderse en el desaliento y en la autocompasión que siempre trae consigo la presencia de tía Cloe, tan dulce y tan amarga –tiene la misma tez clara que tenía mamá, el mismo timbre de voz–, ni dejarse llevar por la inquietud que le producen los ojos de Étienne, que a veces son azules y a veces son grises, como el color del mar. Pasará el día con ellos y estará bien. Y mañana, al cierre de este espantoso Festival Internacional de Coros Infantiles, tal vez pueda volver a oír cantar a la pequeña estrella del conservatorio de Szent Cecília y hasta pedirle su dirección de correo electrónico.
-Viens déjeuner avec nous! –dice Daniele, que le ha tomado del brazo y le dedica, ahora solo a él, esa sonrisa que dice que todavía no ha conocido nada más que amor. Y Licht, dándose permiso para volver a ser un niño (un niño como Miklós Király; un niño como en aquellos largos veranos en Capri, solo Cloe y Clara y sus hijos, solo niños y mujeres, solo ternura, nada de tensión), dice–: Bien sûr.
Miklós se había unido a la comisión de presupuestos por una sola razón.
Si quieres que una cosa se haga bien, es mejor que la hagas tú mismo. Así que se había presentado a las elecciones del segundo cuatrimestre, y toda su clase le había votado en masa junto con gran parte de los cursos superiores; y no sólo por su voz, ni siquiera porque supiese más historias escandalosas sobre Caffarelli que todos ellos juntos, sino porque había hablado con tanta convicción que resultaba contagioso, y de todos modos ¿quién quería ser comisario de presupuestos cuando se podía ser gerente de actividades extraescolares e ir a todas las excursiones, o delegado de medios de comunicación para salir en los periódicos todos los meses, o simplemente no hacer nada y dejar que se ocuparan los adultos? Pero el reglamento del colegio preveía la participación de los alumnos a partir de doce años si tenían algo que decir, y había un asunto sobre en cual Miklós tenía algo y hasta mucho que decir. Era, como dijeron sus compañeros de clase, un hombre con una misión.
E inmediatamente rectificaron la palabra “hombre” a la luz de los últimos papeles operísticos del recién elegido comisario, que incluían Eurídice, Almirena y Vitellia.
Hombre o no, en cualquier caso Miklós era un soprano con una misión, y por eso se hallaba ahora sentado con el resto de comisarios en torno a la mesa de la sala de juntas donde estaba celebrándose la reunión de presupuestos. Había representantes de los profesores, representantes de los alumnos, representantes del personal de administración y servicios, y Miklós era entre cinco y cincuenta y cinco años más joven que cualquiera de los demás asistentes.
Y se aburría hasta el infinito.
Partida de presupuestos para cuadernos de hojas cuadriculadas. Pero son más caros que los de hojas en blanco, dijo el profesor de Lenguaje Musical III. Pero los pequeños se tuercen escribiendo en las hojas en blanco, replicó el profesor del Taller de Percusión I. Los de grapas son más baratos que los de espiral, aportó alguien esperanzadamente. Es fundamental que los niños coman verduras y pescado azul. O toman leche en las comidas o toman pescado azul, advirtió una voz severa. No podemos permitirnos las dos cosas.
Miklós había apoyado los brazos sobre la mesa, la cabeza sobre los brazos y jugaba a adivinar quién había hablado por el tono y el timbre de su voz. Seguía aburriéndose: era un juego demasiado fácil.
No nos vendrían mal redes nuevas para las porterías del campo de fútbol. ¿Cuántos litros de líquido de lavavajillas decís que gastamos el curso pasado? Y lo que hemos pagado de calefacción este invierno no es ni medio normal. Ha sido un invierno frío, defendió el subdirector de la biblioteca. Ni medio normal, insistió el dueño de la voz severa, que ostentaba los importantes cargos de secretario de la comisión y clavecinista titular de la orquesta de cámara.
Miklós se entretenía en aquel momento contando las bolitas de lana que salpicaban las mangas de su jersey.
-Siguiente punto del orden del día: propuesta de partida presupuestaria destinada a renovar los uniformes de los alumnos de primer a sexto curso.
Siguió una discusión acerca de los diversos precios y calidades de los pantalones existentes en el mercado, aderezada con detalles sobre el porcentaje de fibras acrílicas utilizado por unos y otros fabricantes. Miklós continuaba contando las bolitas de sus mangas, pero esto le resultaba ligeramente más interesante que lo anterior. Ahora era un soprano que se aburría pero que había recordado su misión. La única razón por la que se había unido a la comisión de presupuestos.
-¿Alguna otra aportación? – dijo el secretario, con la peculiar mezcla de desgana e impaciencia que sólo se desvanecía cuando se sentaba al clave.
La comisión al completo clavó los ojos en el chico, que se había puesto en pie para descubrir que, en contraste con el tedio de los últimos tres cuartos de hora, estaba muy nervioso. Una rápida mirada a su público le permitió detectar la perplejidad ambiental: puesto que todavía no había abierto la boca, quizá se les hubiera olvidado que estaba allí. Pues estoy, pensó. Y tengo una cosa que decir, y voy a decirla.
Tomó aire. Sentía el corazón latirle en la garganta. Aunque no sabía lo que era la timidez, y estaba más que acostumbrado a tratar con adultos, nunca había hablado en una reunión tan solemne como esta. El secretario sería especialmente difícil de convencer.
Empezó, un poco titubeante.
-Bueno... las propuestas que acabamos de oír las aplaudiría cualquier Asociación de Padres, está claro. Son sensatas y prácticas y cubrirían perfectamente las necesidades de Szent Cecília..., tal como se han planteado aquí. Pero esto es un orfanato, así que no dependemos de ninguna Asociación de Padres que apruebe o desapruebe nuestra gestión. Nos gestionamos nosotros mismos. Y además de un orfanato, esto es un conservatorio. Una escuela de música –a medida que hablaba, sentía desaparecer su nerviosismo, igual que cuando en un aria de Haendel el crescendo le raptaba y le elevaba en sus alas y él olvidaba que estaba en un escenario y ante los ojos de muchos-. Cuando Zoltán Vikár fundó Szent Cecília aquí en mitad de la nada, en plena llanura de la Transdanubia, ¡no quería que fuéramos prácticos! ¡Quería que fuéramos artistas! Si hubiera querido una vida normal se habría quedado en Budapest. Pero se vino aquí y vivió aquí porque lo que él quería era un sitio donde la vulgaridad del mundo no pudiera entrar, donde sólo hubiera música y el otro mundo creado por la música. ¡Vikár quería que sus Stradivarius los restaurara el mejor luthier de Hungría, aunque luego no él pudiera comprarse un traje nuevo en diez años! ¡Quería belleza, quería reyes y reinas en el escenario, QUERÍA DIOSES! ¡Y yo también! No quiero un uniforme nuevo si eso significa que tenemos que escatimar en las óperas. Prefiero mil veces llevar un uniforme de segunda mano y esos jerseys que nos pasan los mayores porque a ellos ya no les valen y que están llenos de bolas –añadió, súbitamente inspirado-. Por llevar un jersey lleno de bolas no pasa nada. ¡Pero si la tela del vestido de Eurídice no tiene una buena caída, sí que pasa! ¡Si la armadura de Rinaldo es de plástico barato, la vida ya no merece la pena! El otro día, en el ensayo, László llevaba una capa de poliéster que habría hecho que Farinelli se revolviera en su tumba –se detuvo un momento y agregó, pensativo-: Bueno, si no le hubieran desenterrado el año pasado... Da igual. El caso es que yo quiero que Farinelli y Haendel y Vivaldi se sientan orgullosos de nosotros. ¡Quiero que se revuelvan en sus tumbas, pero no de vergüenza, sino de placer! –exclamó en un paroxismo de exaltación-. ¡No necesito un uniforme nuevo, no necesito para nada que Szent Cecília sea como los colegios de los ricos! ¡Lo que necesito es saber que hay un sitio, aunque sólo sea uno en todo el mundo, donde la belleza perfecta es lo más importante, donde todo lo demás va después! El mundo puede ser una mierda, y feo, y cruel, y no me importa. No me importa porque la música me cura de todo eso. Pero para que me cure, la música tiene que ser perfecta. Necesito que todo el arte que hagamos aquí sea perfecto. Necesito un presupuesto de ciento cincuenta mil forint para tejidos de primera calidad para el teatro.
Grandes aplausos. Miklós volvió en sí y se sentó. Jadeaba ligeramente, como si hubiera cantado un trémolo demasiado largo, y mientras procuraba recuperar el aliento advirtió que en torno suyo algunos jóvenes y profesores se secaban disimuladamente los ojos.
El secretario, con gesto contrito, anotó algo en su libro de actas y comentó, sin levantar la mirada:
-Enhorabuena, Miklós. No dudo que estarás muy guapo vestido de muaré rosa. En cuanto a ese jersey que llevas, va a haber que ir poniéndole parches en los codos. Bien, pasemos al siguiente punto de... No puedo creerlo.
Se frotó los ojos, se reajustó las gafas sobre el puente de la nariz y prosiguió, con un suspiro:
-El siguiente punto del orden del día es la propuesta de partida presupuestaria con destino a la restauración de los Stradivarius de la orquesta.
Miklós sonrió. Siempre dijo que se había unido a la comisión de presupuestos por una sola razón.